(a amante do vulcão)
Declaro que estoy cansada.
Un cansancio ya sentido, pero cuyo dolor es inmemorable, que no puedo quitarlo aunque apague luces y cierre ventanas, porque fluye en mi cuerpo, concentra y expande y me envuelve en esta contracción. Que no puedo escribir y exorcizarlo, tampoco bailar y transformarlo, aunque mis manos sean para ello la extremidad última, única, de tocarlo y revelarlo.
Escribir ha sido mi manera de solidarizarme y reconciliarme con el dolor. El mío. El de otros/as. El de vidas que ignoramos, latente, silenciada. Escribir es mi manera de encerrarlo pero no de despedir el cansancio. Entonces el tierno se vuelve un paso. Impasible, armado. Garras afiladas.
El tiempo se vuelve espera cautelosa de los significados de las intenciones – amar o atacar. Esta postura me cansa, meduele. De ser como los gatos, me vuelvo como ellos, tensión en las uñas, estimado, rico pero no menos salvaje primitivo. Como ellos. pobre y libre. macía y enigmática. Oh, signo!
Y con 7 vidas. De calcular. De ser macía. De ser libre. De ser linda. De tener esta naturaleza, además de la de mujer. Que alguién una vez me apuntó en mi frente la marca de Caim y me dijo que había sido correspondiente de Sartre. Pero que un extraño se sentara en mi mesa y me hablara estas cosas, me cansó hasta para terminar mi té.
Yo ya sabía de angustia. de delicias, cansancios, y de tener sueño. y pedir disculpas y vivir en un pedazo de cielo como le gusta al diablo.
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